
Muy bueno Nuri-nuri y Shelby

Yo nunca me he quedado en pelotas en medio de la calle, pero me habeis recordado otra situación en la que hice el ridículo
Allá voy... a ver si sale gracioso que hoy tengo mal día
Andábamos por aquel entonces en los 80. Yo era una niña de unos 14 añitos. ¿Dónde estarán?

. Y de repente empecé a notar un dolor fuerte localizado en el lado derecho del abdómen. Muy cerca de la ingle. Y mi madre dijo: zas!!!... apendicitis; (no os lo he dicho, pero heredé de mi madre un sexto sentido y cierto Don para la brujería, la mar de útil). Y me llevó al cirujano. Éste me dijo que me tumbara en la camilla. Era un individuo de unos cincuentaitantos años y unos 200 kilos

, más o menos y sin exagerar

.
Puso una mano sobre la otra y juntó los diez dedos y sin previo aviso, presionó la zona donde se halla localizado el apéndice y ejerció todo el peso de su cuerpo, sobre ese punto concreto.
Yo por aquel entonces hacía karate y mis reflejos eran buenísimos. Siempre que había combate, me tocaba con el profesor y si no tenías buenos relejos, te calzaba unas hostias monumentales en el costado o en la boca del estómago. Era un capullete encantador

.
Me hizo tantísimo daño, el cirujano, que le solté un kate descomunal. Os juro que lo hice sin pensar, fue un acto reflejo. Pero estaba entrenada para ello y no pude evitar el soberano puñetazo que le metí en el hombro izquierdo. No sé si habeis practicado éste deporte alguna vez o si, en alguna ocasión alguien os ha dado un puñetazo en el lateral del hombro. Pero el efecto inmediato es que se te adormece y agarrota el brazo entero del dolor que le proporcionas al contrario. Tal es así que te quedas sin poder moverlo, el brazo, durante un ratito
Y ahí empezó la odisea de mi operación de apendicitis. El cirujano dijo que no corría prisa excesiva, pero que había que operar cuanto antes, para evitar una posible peritonitis (todo esto con el brazo izquierdo extendido a lo largo de su cuerpo y sin poder moverlo)

. Mi madre estaba toda roja y no paraba de pedirle perdón al médico, por la hostia que acababa de calzarle. Cuando salimos de la consulta, mi madre me echó una bronca monumental.

. "Es que me ha hecho muchísimo daño", le contesté yo. Pero no por ello, dejó de regañarme
Llegó el día de la operación y en el hospital que eligió el médico, las enfermeras eran monjas. Apareció una monja, vestida como tal, de unos 100 a 150 años de edad.

Y me dijo que venía a rasurarme

. Sí, habeis acertado... "esa" zona concreta

. Así que allí me veríais tumbada en la cama, con la cuña debajo del culo y la monja con una maquinilla de afeitar en las manos

.
Joder... joder... joder... no le rebané el cuello de puro milagro. Y... hablando de todo un poco, no veais como pican los pelos luego... cuando crecen

. Por eso uso siempre la cera

. En fin que se me desparrama la neurona

. El caso es que cuando terminó me dijo que me desnudara por completo y me metiera en la cama, que enseguida vendría un celador a buscarme para llevarme al quirófano.
Cuando el celador me llevó hasta el quirófano comenzó la árdua tarea de abandonar la cama y colocarse en la fría mesa de operaciones. Y aquí empezó otro problema, porque yo estaba en pelotas y allí estaban, el celador, el cirujano, el ayudante, el enfermero, el anestesista y la enfermera. Yo pensé, que me dejen drogá primero que estoy en pelotas. Y como no me decidía a cambiar yo sóla a la camilla, llegó un enfermero

me quitó la sábana que me cubría y me cogió en brazos para trasladarme a la camilla.

. Y encima el enfermero estaba como un queso

.
Allí apareció, a mi izquierda, el anestesista que me dijo que me iba a coger una vía e inyectarme la anestesia y que poco a poco me dormiría. Y yo pensé, ya te estás tardando capullo... joder... que estoy en pelotas. Y de repente mi mirada se cruzó con la de la enfermera. Yo digo muchas cosas con la mirada y debí poner tal cara, que vino corriendo en mi ayuda y me tapó con una sabanita que me tapaba el pecho y el pubis. Y recuerdo que pensé... ufff.... gracias a Dios. Mientras tanto, el anestesista ya me había puesto la vía e inyectado la anestesia y me quedé inconsciente en décimas de segundo.
Y ahí acabó el mal trago de la operación,que en ningún momento versó sobre el miedo a la intervención en sí. Sino al ridículo que sentía desnuda ante tanto hombre

Una vez que terminó la operación y me desperté, el dolor que sentía era tal que me daba exáctamente igual que el orondo celador, me volviese a coger en brazos desnuda y me trasladara a la cama de hospital
Ale... ya podeis reiros
Contadme alguna más y os contaré más. Tengo muchas más
